Tejidos para abrigarse con palabras.

“Texto quiere decir tejido pero si hasta aquí se ha tomado este tejido como un producto; un velo detrás del cual se encuentra más o menos oculto el sentido (la verdad), nosotros acentuamos ahora la idea generativa de que el texto se hace, se trabaja a través de un entrelazado perpetuo; perdido en ese tejido- esa textura-, el sujeto se deshace en él como una araña que se disuelve en las segregaciones constructivas de su tela.”

Roland Barthes, en “El placer del texto”

“Amar la trama más que el desenlace”

                                                     Jorge Drexler

Entender a las palabras como hilos para tejer y dar cobijo a las nuevas generaciones. 

Tejer al otro, con sentido, dando un lugar. Tejer de modo subjetivante, lo destejido, lo vacío, lo roto. 

Tejer escrituras como lazos que unen a los/las sujetos con sus proyectos y sus sueños. 

Tejer el relato del señor Lanari como lo hace su abuela, con lana y voluntad. 

Pensar a la luna como un texto construído, bello e inspirador. 

Tejer con pasión y amorosidad, hiperbólicamente, como Macedonio. 

 Textos que “invita(n) a desprendernos de miradas simples y unitarias y pone(n) palabras a todo aquello que no puede ser, pero es. ” (*)

Lxs invito a cobijarnos con la literatura de tres grandes escritoras argentinas; tejidos de palabras, de sentidos, que nos acompañan a combatir estos tiempos de intemperie. 

 

  • “Luna lanar”, de Silvia Schujer. 

  • “El señor Lanari”, de Ema Wolf. 

  • “La casa más abrigada del mundo”, de Graciela Montes. 

 

 

 

Luna lanar

 

 

 

 

 

 

 

Con la lana tejí la luna
y fue una luna lanar,
la lana tenía un nudo
y fue en la luna un lunar.

Lana lunera,
luna lanar,
luna redonda
te vi sobre el mar.

En el mar se mojó la luna,
y de blanco se tiñó el mar,
y el beso que vos me diste
fue un beso de luna y sal.

Lana lunera,
luna lanar,
luna redonda
me hiciste cantar.”

Silvia Schujer
En: Cuentos y chinventos, Editorial Colihue, Buenos Aires,1986.

Silvia Schujer (Olivos, Argentina, 1956)

 

 

El señor Lanari

Ilustración de Catalina Juarros

A las 9 de la mañana del domingo el señor Lanari empezó a destejerse.
Y fue así:
Como todos los días, antes de salir de su casa, se despidió de su perro Firulí con un abrazo y un beso en el cachete.
Pero esta vez -¡oh!- una hebra de su gorro de lana quedó atrapada entre las mandíbulas de Firulí. Ninguno de los dos se dio cuenta.
El señor Lanari cruzó el jardín y llegó a la vereda.
Como Firulí rara vez se molestaba en abrir la boca, la hebra de lana tampoco zafó de entre sus dientes.
¡ Y fue ahí justamente cuando el señor Lanari empezó a destejerse !
Por suerte era domingo.
A medida que se alejaba de su casa, el destejido avanzaba.
Camina que te camina.
Desteje que te desteje.
Detrás de él iba quedando un tallarín de lana de colores cambiantes.
El señor Lanari se sentía cada vez más disminuido: cuando paró en la esquina de la confitería para comprar merengues ya se había destejido todo por arriba.
Encima del bolsillo del chaleco ¡no había nada!
Y así siguió.
Punto por punto, paso a paso, el destejido avanzó hasta la cintura.
Y más.
Y más abajo.
Por suerte era domingo, porque todos los domingos iba a visitar a su abuela.
Cuando llegó a la puerta de la casa de su abuela, en el lugar donde debía estar el señor Lanari solo quedaban las medias que también habían empezado a destejerse.
Cuando la abuela lo vio dijo: “¡Pero qué barbaridad!”
Entonces agarró un par de agujas, ensartó los puntos sueltos de las medias y desde allí empezó a tejerlo de nuevo.
Todo.
Completo.
Tejió al señor Lanari de pies a cabeza.
Cuando llegó al gorro, naturalmente apareció Firulí con la punta de la hebra todavía en la boca.
Sólo la abrió cuando los tres se sentaron a comer merengues.

Ema Wolf

De “Los imposibles”

Ema Wolf (Carapachay, Argentina, 1948)

Entre “Los imposibles”, el Señor Lanari

 (*) http://www.memoria.fahce.unlp.edu.ar/trab_eventos/ev.7725/ev.7725.pdf
“Tejiendo lecturas en torno a Los imposibles de Emma Wolf”, de Samanta Rodríguez, UNLP. 

La casa más abrigada del mundo

En el barrio de Florida pasan a veces cosas que no son cuento, pero parecen. Y esto fue lo que pasó con Macedonio, el que tejía.

Macedonio había aprendido a tejer por el mucho frío que siempre tenía, en invierno y en verano, en las orejas, en los pies, en la nariz y en las manos. Tanto, pero tanto frío solía tener Macedonio que nunca usaba menos de tres camisetas de frisa, cinco pulóveres finitos y dos pulóveres gruesos, cuatro pares de medias, varias bufandas, pares de guantes, gorros…y también medias en las orejas.

Y fue precisamente por culpa de las orejas que Macedonio empezó a tejer. Las medias- a rayas, a rombos o lisas- no calzaban demasiado bien y siempre siempre, por mucho que se empeñara Macedoni en ajustarlas con vueltas y dobleces, terminaban cayendo hacia abajo, como orejas de Cocker Spaniel.

Macedonio, de apellido Castro, no estaba dispuesto a parecer un Cocker, de apellido Spaniel. Por eso pidió prestadas unas agujas, compró un ovillo de lana y aprendió a tejer.

Se tejió unas lindísimas mediarejas de color rojo, que se calzó (o se orejó) de inmediato. Las mediarejas eran bolsitas redondas que se adaptaban a las mil maravillas a las orejas de Macedonio, y muy posiblemente a las de cualquier otro vecino del barrio de Florida igual de friolento.

Bueno, lo cierto es que Macedonio había resultado un buen tejedor y, además, el tejido lo divertía bastante en sus largas tardes de jubilado.

-¡Mirá, mami, un hombre tejiendo!- gritó un nenito el primer día.

Después ya nadie dijo nada más, y Macedonio tejiendo- en la plaza, en la puerta de su casa o en el banco del andén de la estación – era más corriente que un gato lamiéndose las patas.

Pero, claro, después de tejerse cinco pares de mediarejas, y hasta algunas mediatices (que eran, como podrán imaginarse, tapaditos para las narices), Macedonio ya no tuvo qué parte de su cuerpo proteger del frío con sus tejidos.

Entonces pensó en su perro, García, y le tejió una capita roja con una gran G de color amarillo. La capita de García era realmente estupenda, y los vecinos de Florida, cada vez que veían pasar al perro, se admiraban de lo bien que tejía el dueño.

Un día Macedonio fue a tomar el té a casa de Carmela Bermúdez, que era su más amiga, y descubrió, para su alegría, al cubretetera, una capita de lana de muchos colores que servía para que el té no se enfriara.

Ese fue un gran día para Macedonio, porque descubrió que también las cosas pueden abrigarse.

En pocas semanas tejió una cubretetera, un cubrecamas, un cubrevelador, un cubrecocina, un cubreheladera (enía frío la heladera, pobrecita), un cubreinodoro (incomodísimo), varios cubresillas y hasta cubreárboles para el jacarandá y el palo borracho que crecían en el jardín de adelante.

Macedonio seguía sin parar. Cuando alguien lo visitaba en su casa y le hacía sentir que era un poco extraño eso de cubrirlo todo con fundas, Macedonio decía:

– En una de esas, las cosas son como yo y tienen frío.

Un día, Macedonio fue a la tienda de Zucotti, como siempre, a comprar lana. Empezó por pedir verdes, que eran sus favoritos – verde oliva, verdemar, verde limón y verde botella-, después pidió rosados y fucsias, amarillos y naranjas, rojo y azul, lilas y violetas, y hasta blanco y negro. Zucotti se quedó sin una sola madeja de lana, pero se ve que no fue suficiente, porque ese mismo día, Macedonio se fue al centro en el tren del mediodía y volvió a la tarde silbando bajito. Y porque al día siguiente paró frente a la casa, un camión de las Grandes Tiendas de donde bajaron dieciocho cajas de lanas bien abrigadas con dibujo de gatito.

Fue entonces cuando todos se dieron cuenta de que Macedonio estaba por comenzar una gran obra, una obra de verdad importante.

Al día siguiente empezó a tejer. Tejía cuadrados, triángulos, rombos y rectángulos larguísimos, tejía a rayas, a cuadritos, tejía santaclara, punto inglés y punto arroz. Tejió cientos y cientos de pedazos, tejió toda la primavera y todo el verano, y cuando empezó el otoño, se metió en su casa y casi no volvió a salir.

-Ha de estar armando el rompecabezas- se reía Carmela, que era la más amiga.

Un día, uno de los primeros días de frío, Macedonio salió de su casa – bien abrigado y con mediarejas, por supuesto, arrastrando algo que parecía la frazada de un gigante. Los que la vieron recordaron, uno por uno, los pedazos que habían visto tejer.

Macedonio buscó la escalera y, con gran esfuerzo, subió al techo y fue izando poco a poco el tejido. Se apoyó en la chimenea y dejó caer la cascada de lana de colores que, tironcito a tironcito, se fue acomodando maravillosamente a la casita, a su techo a dos aguas, a cada una de sus paredes, a sus ventanas…Era un fantástico, alegre y abrigado cubrecamas.

Y aquí paro de contar esto que parece pero no es un cuento.

Cuando anden por el barrio de Florida busquen la casa con pulóver. Fíjense bien:  tiene un ojal chiquito al que se ajusta el timbre. Toquen tres veces: Macedonio les va a desabotonar la entrada y los a hacer pasar a la casa más abrigada del mundo. Es muy posible, además que les teja mediarejas amarillas con estrellas rojas.

 

Graciela Montes

en “Doña Clementina Queridita, la achicadora”, Ediciones Colihue

Audio del cuento para compartir

Graciela Montes (Bs. As., Argentina, 1947)

“La casa más abrigada del mundo”, es parte de este libro de Ediciones Colihue

 

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Acerca de habíaunaveztruz

Me llamo Lorena Udler y vivo en la misma ciudad donde nací, Rosario, Argentina. Soy docente en la escuela primaria pública, trabajé muchos años como maestra de grado y ahora soy directora. Me gusta leer y escribir desde niña. Mi familia me trasmitió el gusto por los libros y las bibliotecas. Cuando empecé a trabajar como maestra, aprendí mucho con mis alumnos y alumnas sobre nuevos textos y otras maneras de crearlos, inventarlos y jugar con ellos. Gracias a los chicxs, en definitiva, mi interés por la literatura aumentó y conocí más autores de la denominada “infantil y juvenil”. Todo esto me entusiasmó y me llevó a estudiar el postítulo de Literatura Infantil de la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario. La divulgación y la generación de espacios de promoción de lectura es uno de los motores principales de mi trabajo y en este blog. También me gusta mucho cantar y, por esa razón, he incursionado en la interpretación de música popular hace unos años. Todas las expresiones del arte embellecen mi vida. El cine y la plástica también son parte de mi pequeño universo. Así como la idea de que esta belleza necesita de justicia e igualdad de acceso para todxs es uno de los nortes de mi estar y mi hacer.

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