Una poética de los tamaños. Tres cuentos de Graciela Montes.

  “También me gustan las cosas grandes, muy grandes, y las cosas chiquitas, muy chiquitas: las cosas que crecen y siguen creciendo y las cosas que se achican y casi desaparecen. Adentro de mis cuentos hay gigantes que juegan a las bolitas con naranjas y también hay odos que juegan al fútbol con arvejas.graciela montes 3 Además, yo sé que cuando lo grande-grande y lo chiquito-chiquito se encuentran suceden cosas extraordinarias, fantásticas y terribles. Y ésas son las cosas de las que quiero hablar en mis cuentos.” Graciela Montes 

 

En 2011, elegí el análisis de tres obras de Graciela Montes para la tesina del Postítulo de Literatura Infantil. El corpus estaba conformado por:

  • “Doña Clementina Queridita la Achicadora”, Colihue, Buenos Aires, 1985.

  • “Había una vez una casa”, Libros del Quirquincho, Buenos Aires, 1990.

  • “Más chiquito que una arveja, más grande que una ballena”, Sudamericana, 2009.

En esta entrada, comparto con Uds. un fragmento de la introducción del trabajo – que actúa como una guía para el análisis de los textos- y los tres cuentos citados, que forman parte de una bibliografía excelente para dar de leer a los niños y a las niñas.

“Una poética de los tamaños como vía transformadora de la realidad: lo grande, lo pequeño y la relatividad espacial en Graciela Montes” – Fragmentos de la introducción

“Con su poética de los tamaños [1]plantea la existencia de maneras distintas de ver el mundo según la escala donde se vive y se mira. Asimismo, este procedimiento pone en tela de juicio la dimensión de lo real: abre la puerta a otras instancias, otras escalas, otros mundos posibles. La reflexión apunta a destotalizar y a preguntarse sobre el estado de las cosas…la literatura se torna una vía de conocimiento y problematización de la realidad. “En el lenguaje se halla contenida una determinada concepción del mundo”[2]dice Antonio Gramsci para demostrar que en cualquier elemental manifestación intelectual “todos somos filósofos”. En este caso, se propone a la literatura no ya para conservar el “sentido común”, sino como herramienta para cuestionarlo.

Por otra parte, también subyace una concepción de lenguaje como vía de exploración y transformación de lo real en varios de sus cuentos, como en “Doña Clementina, la achicadora”, donde las palabras agrandan o empequeñecen a las personas. El lenguaje funciona en este relato, como una pastilla de “chiquitolina” [3]que, lejos de ser inocente o neutral, tiene un poder instaurador de realidad..

La dupla gigantesco -diminuto siempre ha dado muchos frutos a la literatura universal. El triunfo del pequeño es un tema de todos los tiempos y lugares que continúa vigente,  representa muchas veces el triunfo del bien y del mal y que ha catalizado las ansias de vencer al poderoso, como en la historia bíblica de David y Goliat, por ejemplo. Actúa como una reivindicación cultural e ideológica de los débiles que ha dado lugar a múltiples lecturas que se han extrapolado incluso para interpretar las sociedades clasistas en que vivimos o la relación asimétrica entre países. Representa un tópico de gran atractivo que pone en cuestión otros órdenes más allá del campo literario. En esta fuente abreva Montes que, sin caer en estereotipos o representaciones maniqueístas dispone una trama donde las injusticias se desmontan, a la corta o a la larga, por el pensamiento y la acción de quienes optan por correrse del lugar de víctimas y se erigen en sujetos de cambio.  Así, indefensos o inermes frente a la omnipotencia o el autoritarismo, terminan dando vuelta la historia. Esto se manifiesta tanto en el corpus tratado así como en otros relatos como “La familia Delasoga”, “El club de los perfectos”, “Venancio vuela bajito”, etc.

Finalmente, dos de los cuentos del corpus a estudiar me son especialmente cercanos. “Había una vez una casa…” era uno de los preferidos de mi hija al momento de leerle cuentos y, también de mis favoritos para contarle a mis alumnos y alumnas de Primer y Segundo Grado. El pollito recién salido del huevo que le hace frente al gigante y la “escena” donde lo espera debajo del paraguas en absoluta soledad, es de una ternura irresistible. Más tarde, conocí “Más chiquito que una arveja, más grande que una ballena”, que ya me cautivó desde su título que remite al humor absurdo por un lado, y al hiperbólico del cuento de hadas, por otro. Aquí también, el personaje más pequeño despliega encanto sólo con que sepamos que duerme en una latita de paté y se tapa con un boleto capicúa. Ambos cuentos no fallan en la recepción de los niños y niñas y han pasado a formar parte de la batería de recursos que tenemos los adultos para proponer lecturas que  habiliten sentidos plurales y que den lugar a imaginar, divertirse, asombrarse…” 

L. U., Julio 2011, Trabajo Final, Postítulo de Literatura Infantil, Fac. de Humanidades y Artes – UNR. 

Había una vez una casa

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Había una vez una casa. Era una casa linda y muy grande, muy peromuy grande. ENORME era la casa.

Tan pero tan grande que en ella vivían tres elefantes, dos jirafas, un canguro, cinco sapos, un gallo, diez gallinas y un huevo de gallina.

animales cuento

Y además un gigante que, como era tan grande, vivía en el jardín.

Los días en que brillaba el sol, el gigante era un gigante bueno.

Se ponía un sombrero rojo y salía a regar las flores.

Y después todos comían torta y se iban a jugar al gallito ciego.gigante cuento

Pero los días en que el cielo estaba lleno de nubes y se ponía a llover, el gigante se ponía malo, muy malo, malísimo y gruñía GRGRGRGRGRGR y los elefantes y las jirafas y el canguro y los sapos y el gallo y las gallinas salían corriendo, muertos de miedo y el gigante pisaba el sombrero, arrancaba las flores y los perseguía por todo el jardín.

Un día como otros días de sol, se nubló, el cielo se puso oscuro y empezaron a caer gotas.

-¡Socorro!- gritaron los animales y salieron corriendo.

-¡Sálvese quien pueda!- gritaban todos mientras escapaban.

Bueno, todos no. El huevo de gallina no se quiso ir.

En una de ésas ustedes piensan que eso no puede ser porque no hay huevos caprichosos.

¡Pero sí! Porque este huevo ya no era solamente un huevo. Ahora era mucho más que un huevo.

pollito cuento

Era un pollito.

Y un pollito muy valiente porque, en cuanto nació, se subió a un banquito y dijo:

-No hay derecho a que el gigante nos corra y nos gruña cada vez que llueve.

-¡Bravo! El pollito tiene razón- dijeron los animales.

-Pero…¡pero el gigante es muy grande!

Y se fueron y dejaron al pollito muy solo, muy solito.

¡TUM! ¡TUM! Resonaban los pasos del gigante por el jardín.

Y se oían los gruñidos GRGRGRGRGRGRGR

pollito 2

El pollito, de pie en el banquito, esperaba con los ojos cerrados, (porque era un pollito valiente, pero igual tenía miedo).

-¿Qué hacés aca, pollito?- rugió el gigante- ¿No sabés que llueve y yo estoy malo?

-Es cierto, está lloviendo- dijo el pollito-. Si querés te presto mi paraguas.

Y al gigante le dio tanta risa que se le pasó la rabia.

gigante y pollito 2

Y, cuando se le pasó la rabia, pudo ponerse a pensar.

Y pensó que un paraguas era un gran invento para los días de lluvia.

Ahora, cuando el sol se nubla, y el cielo se pone oscuro y empiezan a caer las primeras gotas, el gigante abre su gran paraguas y los a todos a jugar al truco, pero siempre gana el pollito.

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Enlace hacia el sitio del Equipo Distrital de Alfabetización Inicial y Continua de F. Varela con un sitio dedicado a la autora y obras suyas, entre las que se encuentra la versión en archivo pdf del cuento:  

http://edaicvarela.blogspot.com.ar/2012/09/graciela-montes.html

https://docs.google.com/file/d/0B-Ni2I9Y00_yRDF1NjJxTkZranc/edit

 

Más chiquito que una arveja, más grande que una ballena

mas chiquito que una arveja

Había una vez un gato muy grande. Tan grande, pero tan grande, que no pasaba por ninguna puerta. Tan grande, pero tan grande, que cuando estaba enojado y hacía ¡FFFFF! Se volaban todas las hojas de los árboles. Tan grande, pero tan grande, que cuando hacía ¡MIAUUUU! Todos creían que habían llegado los bomberos porque había un incendio.Y había también un gato muy chiquito. Tan chiquito, pero tan chiquito, que dormía en una latita de paté y, cuando hacía frío, se tapaba con un boleto capicúa. Tan chiquito, pero tan chiquito que, cuando andaba de acá para allá, todos lo confundían con una pelusa. Tan chiquito que, para verlo bien, había que mirarlo con microscopio.El Gato Grande era muy famoso en el barrio.
Todos los vecinos hablaban de él y lo mimaban mucho.- ¡Qué gato tan hermoso! – decían.
– ¡Los gatos grandes son hermosísimos! – decían.El Gato Grande comía mucho. A la mañana bien temprano los vecinos le traían cinco palanganas de leche tibia. Al mediodía le traían una carretilla de hígado con mermelada (que era su comida favorita). A la tardecita le dejaban preparada una bañera de polenta, por si se despertaba con hambre en la mitad de la noche. Cuando los vecinos le traían la comida, el Gato Grande sonreía (porque algunos gatos saben sonreír) y se ponía a ronronear. Cuando el Gato Grande ronroneaba hacía un RRRRRRRRRRR tan fuerte que todos miraban para arriba porque creían que pasaba un helicóptero por el cielo.El Gato Chiquito, en cambio, no era nada famoso. Nadie hablaba de él en el barrio y nadie lo mimaba ni un poquito. (En realidad, al Gato Chiquito casi nadie lo veía siquiera.) Al Gato Chiquito nadie le traía comida nunca. Ni a la mañana. Ni al mediodía. Ni a la tardecita.

Claro que el Gato Chiquito comía muy poco. Con dos gotas de leche tenía bastante. Y una aceituna le duraba una semana. (Al Gato Chiquito le encantaban las aceitunas.)
Cuando el Gato Chiquito encontraba una aceituna, aunque nadie lo veía, también sonreía. Y, aunque nadie lo escuchaba, también ronroneaba.

Un día el gato Chiquito salió a dar un paseo. Y caminó y caminó por la calle más larga del barrio. Tip tap tip tap tip tap, caminaba el Gato Chiquito. Y ese mismo día el Gato Grande también quiso salir a dar un paseo. Y caminó y caminó por todas las calles, y también por la calle más larga del barrio. Top tup top tup top tup, caminaba el Gato Grande.

El Gato Chiquito y el Gato Grande caminaron y caminaron. Cada vez que el gato Grande caminaba dos cuadras, el Gato Chiquito terminaba una baldosa. Y cuando el sol estaba bien alto, pero bien alto, el Gato Grande y el Gato Chiquito se encontraron frente a frente. Los dos en la misma vereda de la calle más larga del barrio. El gato Grande hizo ¡FFFFF! Para mostrarle al Gato Chiquito que él era el más fuerte. Hizo ¡FFFFF! Para que el Gato Chiquito lo dejase pasar primero. Pero el Gato Chiquito no se movió de su baldosa. Ni un poquito. Entonces el gato Grande hizo ¡FFFFFFFF! (Fue un ¡FFFFF! muy fuerte.)

Y el Gato Chiquito rodó como una pelusa hasta el cordón de la vereda. Y se cayó en charquito tan hondo pero tan hondo que casi se ahoga. Pero no se ahogó. Nadó hasta la orilla del charco y se trepó de nuevo al cordón. (El Gato Chiquito era chiquito, ¡pero valiente!) Se subió de un salto a un adoquín que había por ahí y él también hizo ¡fffff! (fue un ¡fffff! muy chiquito). El Gato Chiquito hizo ¡fffff! porque él también estaba enojado.

Y ahí se quedaron los dos, frente a frente.

gato grande y chiquito

Al Gato Grande, el Gato Chiquito le parecía más chiquito que una arveja. Al Gato Chiquito, el Gato Grande le parecía más grande que una ballena.

Entonces el Gato Grande se enojó muchísimo más. Se enojó como sólo pueden enojarse los gatos grandes.

Estiró una pata y sacó las uñas. (Tenía unas uñas filosas como espadas filosas.) Y ¡zas! Le dio un zarpazo al Gato Chiquito. Pero el Gato Chiquito no tuvo miedo. De un salto se subió a la pata del Gato Grande y le tiró con mucha fuerza de los pelos cortitos que le crecían justo al lado de las uñas filosas. (A los gatos les duele muchísimo cuando les tiran de los pelos cortitos, sobre todo si son los que crecen al lado de las uñas filosas)

Miauuuu – maulló el Gato Grande.

miau cuento

Y fue un MIAUUUU tan fuerte que trescientos cincuenta y dos vecinos vinieron a ver qué pasaba. Los trescientos cincuenta y dos vecinos se pusieron en ronda a mirar. Todos miraban con ojos redondos, pero nadie entendía nada de nada. Todos veían al Gato Grande, que se revolcaba por el suelo y maullaba y maullaba y maullaba. Pero nadie veía al Gato Chiquito, que estaba bien escondido entre los pelos del Gato Grande. Y corría por el lomo… de la cabeza a la cola… de la cola a la cabeza… y se trepaba a una oreja… y se hamacaba en los bigotes… y le hacía cosquillas en la nariz y… Aaachus – estornudó el Gato Grande.

Y los trescientos cincuenta y dos vecinos que miraban con ojos redondos salieron volando por el aire como barriletes. Todos menos el Gato Chiquito, que estaba bien agarrado del bigote más gordo del Gato Grande y resistió el estornudo.

Los trescientos cincuenta y dos vecinos fueron volviendo, poco a poco. Ya no tenían los ojos redondos. Ahora tenían las cejas fruncidas. Estaban bastante enojados. Se habían dado cuenta de que no le gustaba salir volando por el aire como barriletes. Tampoco les gustaba tener que oír un MIAUUU más fuerte que la sirena de los bomberos. Empezaron a protestar.

– ¡Este gato está demasiado grande! – decían.
– ¡Los gatos tan grandes son muy molestos! – decían.
Y después todos juntos dijeron:
– ¡Ufa!

Y el Gato Grande le dio vergüenza y se puso colorado (porque algunos gatos se ponen colorados). Entonces el Gato Chiquito se bajó de un salto del bigote del Gato Grande y se empezó a pasear por la vereda. Iba y venía. Y daba otro saltito.

– ¡Oia! ¡Un gato chiquito! – dijeron todos.
– ¡Más chiquito que una arveja! – dijeron.
– ¡Los gatos chiquitos son hermosísimos! – dijeron.

Y desde ese día, en el barrio, los gatos famosos son dos: el Gato Grande y el Gato Chiquito. Claro que las cosas cambiaron un poco.

Los vecinos ya no le dan tanta comida al Gato Grande. Nada más que tres palanganas de leche tibia y media carretilla de hígado con mermelada. Al Gato Chiquito, en cambio, le llevan dos pedacitos de hígado, tres aceitunas y un dedal de leche cada mañana.

Parece ser que ahora el Gato Grande está bastante menos grande. Cuando hace ¡FFFF! Ya no tira más que diez o doce hojas de los árboles. Y parece que el Gato Chiquito está empezando a crecer.

Me dijeron que últimamente ya no entra en la latita de paté; se va a tener que mudar a una lata de duraznos en almíbar. (Lo que no sé es si querrá regalarme el boleto capicúa cuando ya no lo use más de frazada.)

 

Doña Clementina Queridita, la Achicadora

portada doña clementina

Cuando los vecinos de Florida se juntan a tomar mate, charlan y charlan de las cosas que pasaron en el barrio.
Se acuerdan del ladrón de banderines de bicicletas; de cuando, por culpa de la máquina del tiempo, se les heló el agua de las canillas en pleno diciembre…
Pero más que de ninguna otra cosa les gusta hablar de doña Clementina Queridita, la Achicadora de Agustín Álvarez.

Doña Clementina no había empezado siendo una Achicadora: por ejemplo, a los dos años era una nenita llena de mocos que se agarraba con fuerza del delantal de su mamá y, a los diez, una chica con trenzas que juntaba figuritas de brillantes.

Cuando doña Clementina Queridita se convirtió en la Achicadora de Agustín Álvarez era ya casi una vieja. Tenía un montón de arrugas, un poquito de pelo blanco en la cabeza y un gato fortachón y atigrado al que llamaba Polidoro.

A doña Clementina los vecinos la llamaban “Queridita” porque así era como ella les decía a todos:
“Hola, queridita, ¿cómo amaneció su hijito esta mañana?”, “Manolo, queridito, ¿me harías el favorcito de ir a la estación a comprarme una revista?”.

Pero, aunque todos la conocían desde siempre, doña Clementina sólo llegó a famosa cuando empezó con los achiques.

Y los achiques empezaron una tarde del mes de marzo, cuando doña Clementina tenía puesto un delantal a cuadros y estaba pensando en hornear una torta de limón para Oscarcito, el hijo de Juana María, que cumplía años. En el preciso momento en que doña Clementina estaba por agarrar los huevos de la huevera, entró Polidoro, el gato, maullando bajito y frotándose el lomo contra los muebles.

– ¡Poli! ¡Tenés hambre, pobre! –se sonrió doña Clementina y, volviendo a dejar los huevos en la huevera, se apuró a abrir la heladera para buscar el hígado y cortarlo bien finito.

– ¡Aquí tiene mi gatito! –dijo, apoyando el plato de lata en un rincón de la cocina.

Y ahí nomás vino el primer achique. El gordo, peludo y fortachón Polidoro empezó a achicarse y a achicarse hasta volverse casi una pelusa, del mismo tamaño que cada uno de los trocitos de hígado que había colocado doña Clementina en el plato de lata.

gatito doña clementina

El pobre gato, bastante angustiado, erizaba los pelos del lomo y corría de un lado al otro, dando vueltas alrededor del plato, más chiquito que una cucaracha pero, sin embargo, peludito y perfectamente reconocible. Era Polidoro, de eso no cabía duda, pero muchísimo más chico.

Doña Clementina, asustadísima lo hizo upa enseguida: le parecía muy peligroso que siguiera corriendo por el piso; al fin de cuentas podía matarlo la primera miga de pan que se cayera desde la mesa… Lo sostuvo en la palma de la mano y lo acarició lo mejor que pudo con un dedo. En medio de la pelusita atigrada brillaban dos chispas verdes: eran los ojos de Polidoro, que no entendían nada de nada.

Se ve que la enfermedad del achique es muy violenta porque después del de Polidoro hubo como quince achiques más, todos en el mismo día.
Doña Clementina se sacó el delantal a cuadros, agarró el monedero y corrió a la farmacia.

–¡Ay, don Ramón! –le dijo al farmacéutico, un gordo grandote y colorado, vestido con delantal blanco. –Don Ramón, algo le está pasando a Polidoro. ¡Se me volvió chiquito!

Don Ramón buscó un frasco de jarabe marca Vigorol y lo puso sobre el mostrador.

– ¿Y usted cree que este jarabito le va a hacer bien, don Ramón? –preguntó doña Clementina mientras miraba con atención la etiqueta, que estaba llena de estrellitas azules.
Y, en cuanto terminó de hablar, el frasco de jarabe se convirtió en un frasquito, en un frasquitito, en el frasco más chiquito que jamás se haya visto.

Don Ramón, el farmacéutico, corrió a buscar una lupa: efectivamente, ahí estaba el jarabe de antes, muy achicado, y, si se miraba con atención, podían divisarse las estrellitas azules de la etiqueta.

–¡Ay don Ramón, don Ramoncito! ¡No sé lo que vamos a hacer! –lloriqueó doña Clementina con el frasquito diminuto apoyado en la punta del dedo.
Y don Ramón desapareció.

–¡Don Ramón! ¿Dónde se metió usted, queridito? –llamó doña Clementina.

–¡Acá estoy! –dijo una voz chiquita y lejana.

Doña Clementina se apoyó sobre el mostrador y miró del otro lado. Allá abajo, en el suelo, apoyado contra el zócalo, estaba don Ramón, tan gordo y tan colorado como siempre, pero muchísimo más chiquito.
“¡Pobre hombre!”, pensó doña Clementina, “¡Qué solito ha de sentirse allá abajo…! Voy a llevarlo con Polidoro, así se hacen compañía.”
De modo que doña Clementina se llevó a don Ramón en un bolsillo y al frasquito de jarabe en el otro.

Entró en su casa y llamó:
–Poli… Poli… Estoy acá.
Pero Polidoro no vino. Se había caído en el fondo de la huevera y desde allí maullaba pidiendo auxilio.

Entonces doña Clementina se dio cuenta de que las hueveras eran muy útiles para conservar achicados. Sin pensarlo dos veces, sacó los huevos que quedaban, los puso en un plato y en la huevera puso a don Ramón, que la miraba desde el fondo, perplejo, y algo le decía, pero en voz tan bajita que era casi imposible oírlo.

En fin, basta con que les cuente que, en esos días doña Clementina llenó la huevera, y tuvo que inaugurar dos hueveras más, que contenían:
• un gato Polidoro desesperado;
• un don Ramón agarrado al borde, que cada tanto pedía a los gritos algún jarabe;
• un frasquito de jarabe Vigorol;
• una etiqueta llena de estrellitas;
• el “kilito” de manzanas que doña Clementina le había comprado al verdulero;
• la “sillita” de Juana María, en la que se había sentado cuando fue al cumpleaños de Oscar;
• el propio “Oscarcito”, al que de pronto se le había acabado el cumpleaños;
• un “arbolito”, al que se le estaban cayendo las hojas;
• un “librito de cuentos”;
• siete “velitas” (encendidas, para colmo);
y otras muchas cosas que resultaban invisibles a los ojos –como un “tiempito”, un “problemita” y un “amorcito”–, todas chiquitas.

Y, claro, doña Clementina no sabía qué hacer con sus achicados; le daba mucha vergüenza esa horrible enfermedad que la obligaba a andar achicando cosas contra su voluntad. Era por eso que, en cuanto algo o alguien se le achicaba (gente, bicho, cosa o planta), se apuraba a metérselo en el bolsillo y después corría a su casa para darle un lugarcito en la huevera.

doña clementina huevera

Con las “manzanitas”, la “sillita”, las “velitas”, el “jarabito” y el “librito de cuentos” no había conflicto. Pero con Polidoro, y sobre todo con don Ramón y con Oscarcito era otra cosa.

En el barrio no se hablaba de otra cosa que de la misteriosa desaparición.

La mujer de don Ramón no sabía qué pensar: había encontrado la farmacia abierta y sola, sin rastros del farmacéutico por ninguna parte. Y Juana María y Braulio, los padres de Oscarcito, andaban desesperados en busca del hijo tan travieso que se les había escapado justo el día del cumpleaños.

Así pasaron cinco días.

Doña Clementina Queridita, la Achicadora de Agustín Álvarez, cuidaba con todo esmero a sus achicados: al arbolito le ponía dos gotas de agua todas las mañanas, a Oscarcito lo alimentaba con miguitas de torta de limón (su torta favorita) y a don Ramón le preparaba churrasquitos de dos milímetros, vuelta y vuelta.

Dos veces al día doña Clementina vaciaba las hueveras sobre la mesa de la cocina: Oscarcito jugaba con Polidoro y los dos se revolcaban hasta quedar escondidos debajo de la panera don Ramón, en cambio, muy formal, se sentaba en la sillita y le explicaba a doña Clementina cosas que ella jamás entendía, mientras mordisqueaba una manzana (perdón, una manzanita).

En el quinto día de su vida en la huevera, Oscarcito se puso a llorar. Fue cuando vio, apagadas y chamuscadas, las siete velitas de su torta de cumpleaños.

Doña Clementina se puso a llorar con él: Oscarcito era su preferido entre los chicos del barrio. No sabía qué hacer para consolarlo; era tanto más grandota que él que ni siquiera podía abrazarlo…

–Bueno, Oscar, no llores más –le decía mientras le acariciaba el pelo con la punta del dedo– ¿Cómo vas a llorar si ya sos un muchacho? ¡Un muchachote de siete años!

Entonces Oscar creció. Creció como no había crecido nunca. En un segundo recuperó el metro quince de estatura que le había llevado siete años conseguir. Y se abrazó a la cintura de doña Clementina, la Achicadora de Agustín Álvarez, que, por fin, había encontrado el antídoto para curar a sus pobres achicados.

Doña Clementina corrió a agarrar al gato Polidoro y le dijo, entusiasmada:
–¡Gatón! ¡Gatote! ¡Gatazo!
Y Polidoro creció tanto que hasta podría decirse que quedó un poco más grande de lo que había sido antes del achique.

Le tocaba el turno a don Ramón. Doña Clementina dudó un poco y después llamó:
–¡Don Ramonón!
Y don Ramón volvió a ser un gordo grandote y colorado, con delantal blanco, que ocupó más de la mitad de la cocina.Y todos corrieron a casa de todos a contar la historia esta de los achiques, que, con el tiempo, se hizo famosa en el barrio de Florida.
Desde ese día doña Clementina Queridita cuida mucho más sus palabras, y nunca le dice a nadie “queridito” sin agregar en seguida: “queridón”.La sillita de Juana María, el frasquito con la etiqueta de estrellitas azules y el librito de cuentos siguieron siendo chiquitos. Están desde hace años en un estante del Museo de las Cosas Raras del barrio de Florida, adentro de una huevera.

Notas 

[1] Esta constante aparece abordada en distintas variantes en un número importante de títulos:  “Nicolodo viaja al País de la Cocina” y “Así nació Nicolodo” (Cuentos del Chiribitil, CEAL, 1977); ”Un gato como cualquiera”(Pajarito Remendado, Colihue, 1984); “Y el árbol siguió creciendo” (Libros del Quirquincho, 1986); “Tengo un monstruo en el bolsillo” (L. del Quirquincho, 1988); “Irulana y el ogronte” (L. del Quirquincho, 1991); “A la sombra de la inmensa cuchara” (Sudamericana, 1993); “Emita y Emota” (serie del FCE, 1997); “El helado más grande” (Ediciones Quipu, 1989), entre otros.

 [2] Gramsci, Antonio, Capítulo 1 “Cuestiones preliminares de filosofía” en “La formación de los intelectuales”, México DF, Grijalbo, 1967.

[3] La pastilla de chiquitolina es una substancia que ingiere el Chapulín Colorado para adquirir una proporción diminuta de su cuerpo, que le permite meterse en lugares imposibles, engañar villanos y resolver problemas.

Datos biográficos (compartidos en el Trabajo Final)

Graciela Montes

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Nació en Buenos Aires el 18 de marzo de 1947.

Es Profesora en Lenguas y Literaturas Modernas por la Universidad Nacional de Buenos Aires, de donde egresó en 1972.

Durante 20 años formó parte del Centro Editor de América Latina, en donde dirigió la colección de literatura infantil Los cuentos del Chiribitil entre los años 1977 y 1979. El estímulo del entrañable editor Boris Spivacow, fundador del Centro Editor de América Latina, forjó en Graciela Montes un decidido impulso por la edición y promoción de los libros para niños.

Desde mediados de la década del 70 dirigió numerosos proyectos editoriales:Enciclopedia de los pequeños (Editorial La Encina), La manzana roja y Cosas de chicos (Editorial Kapelusz) y Cuentos de mi país (Ediciones Culturales Argentinas-Centro Editor de América Latina).

En 1986, fue co-fundadora de la editorial Libros del Quirquincho y como Directora de Publicaciones, hasta su alejamiento definitivo en 1992, sentó las bases de una línea renovadora y progresista en la edición de libros para niños y jóvenes.

Fue miembro fundador de ALIJA (Asociación de Literatura Infantil y Juvenil de la Argentina, sección nacional del IBBY) y cofundadora y codirectora de la revista La Mancha, papeles de literatura infantil y juvenil, entre 1996 y 1998.

Su inmensa producción abarca la ficción, los libros informativos, la traducción y la teoría literaria. Por su trayectoria, fue nominada candidata por la Argentina al Premio Internacional Hans Christian Andersen en 1996, 1998 y 2000.

La Fundación El Libro le otorgó en 1999 el Premio Pregonero de Honor, una distinción que tiene como objetivo fundamental dar público reconocimiento a los difusores de la literatura infantil y juvenil argentina.

En 2004 la Fundación Konex distinguió su trayectoria profesional con el Diploma al Mérito en la categoría “Literatura Infantil”, galardón que se otorgó a los escritores más destacados en los últimos diez años.

Por la obra El turno del escriba, escrita en coautoría con

Ema Wolf, ganó el VIII Premio Alfaguara de Novela 2005.

Algunos cuentos y novelas:

Nicolodo viaja al País de la Cocina. Ilustraciones de Julia Díaz. Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1977. Colección Los cuentos del Chiribitil. Reeditado en: Buenos Aires, Gramón-Colihue, 1996. Colección Los cuentos del Ratón Feroz.

Así nació Nicolodo. Ilustraciones de Julia Díaz. Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1977. Colección Los cuentos del Chiribitil. Reeditado en: Buenos Aires, Gramón-Colihue, 1996. Colección Los cuentos del Ratón Feroz.

Teodo. Ilustraciones de Julia Díaz. Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1978. Colección Los cuentos del Chiribitil. Reeditado en: Buenos Aires, Gramón-Colihue, 1996. Colección Los cuentos del Ratón Feroz.

Sapo verde. Ilustraciones de Elena Homs. Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1978. Colección Los cuentos del Chiribitil.

Amadeo y otros cuentos. Ilustraciones de Delia Contarbio. Buenos Aires, Editorial El Ateneo, 1985. Colección Infantil-Juvenil. Reediciones: Como Amadeo y otra gente extraordinaria. Buenos Aires, Libros del Quirquincho, 1990; colección Serie Blanca. Ilustraciones de Oscar Rojas; y Buenos Aires, Gramón-Colihue, 1995; colección Los libros del Árbol. Ilustraciones de Elena Torres.

La familia Delasoga. Ilustraciones de Marín. Buenos Aires, Ediciones Colihue, 1985. Colección El Pajarito Remendado.

Historia de un amor exagerado. Buenos Aires, Ediciones Colihue, 1987. Colección Libros del Malabarista.

Tengo un monstruo en el bolsillo. Ilustraciones de Elena Torres. Buenos Aires, Libros del Quirquincho, 1988. Colección Serie Negra. Traducido al portugués por Livros do Tatu en 1990. Editado en México por la Secretaría de Educación Pública, Serie “Libros del Rincón” en 1992. Traducido al alemán por Eichborn Verlag, Frankfurt/Main en 1994. Ilustraciones de Birgit Tanck, y reeditado en 1997 por Fischer Taschenbuch Verlag. Reeditado en: Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1999. Colección Especiales. Ilustraciones de Delia Cancela

El Club de los Perfectos. Ilustraciones de Eleonora Arroyo. Buenos Aires, Ediciones Colihue, 1989. Colección El Pajarito Remendado.

Otroso (últimas noticias del mundo subterráneo). Ilustraciones de Alicia Cañas. Madrid, Editorial Alfaguara, 1991. Reeditado en: Buenos Aires, Editorial Alfaguara, 1994.

Irulana y el Ogronte (un cuento de mucho miedo). Ilustraciones de Claudia Legnazzi. Buenos Aires, Libros del Quirquincho, 1991. Colección La Ratona cuentacuentos. Reeditado en: Buenos Aires, Gramón-Colihue,1995. Colección Los cuentos del Ratón Feroz.

La batalla de los monstruos y las hadas. Ilustraciones de Oscar Rojas. Buenos Aires, Aique Grupo Editor, 1994.

A la sombra de la inmensa cucharaInforme confidencial. Ilustraciones de Jorge Sanzol. Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1993. Colección Especiales.

La guerra de los panes. Ilustraciones de Elena Torres. Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1993. Colección Pan Flauta.

Venancio vuela bajito. Ilustraciones de Gustavo Roldán (h). Buenos Aires, A Z Editora, 1994. Serie del Boleto.

Aventuras y desventuras de Casiperro del Hambre. Ilustraciones de Oscar Rojas. Buenos Aires, Ediciones Colihue, 1995. Colección Los libros de Boris.

Emita y Emota en La venganza de la trenza. Ilustraciones de Claudia Legnazzi. México, Fondo de Cultura Económica, 1997. Colección A la orilla del viento.

 

Libros de imágenes (entre otros)

Serie Federico (Federico no presta, Federico se hizo pis, Federico está furioso, Federico va a la escuela, Federico y su hermanita, Federico y el mar). Ilustraciones de Juan Noailles. Buenos Aires, Kapelusz, 1984. Reeditada, con nuevo planteo y nuevas ilustraciones, en Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1994 (Federico y su hermanita, Federico no presta, Federico se hizo pis Federico y el marFederico va a la escuela, Federico dice NO), 2001 (Federico y el tiempo). Ilustraciones de Claudia Legnazzi.

Serie Anita (Anita junta colores, Anita sabe contar, Anita se mueve, Anita dice cómo es, Anita dice dónde está, Anita quiere jugar). Ilustraciones de Elena Torres. Buenos Aires, Libros del Quirquincho, 1988. Reeditado en: Buenos Aires, Gramón-Colihue, 1995.

Serie Había una vez una casa. Ilustraciones de Oscar Rojas. Buenos Aires, Libros del Quirquincho, 1990. Colección Había una vez. Traducido al inglés por Houghton Mifflin, 1991.

Había una vez una princesa. Ilustraciones de Elena Torres.Buenos Aires, Libros del Quirquincho, 1990. Colección Había una vez. Traducido al inglés por Houghton Mifflin, 1991.

Había una vez un barco. Ilustraciones de Diego Bianchi. Buenos Aires, Libros del Quirquincho, 1990. Colección Había una vez.

Había una vez una llave. Ilustraciones de Elena Torres. Buenos Aires, Libros del Quirquincho, 1990. Colección Había una vez.

Había una vez una nube. Ilustraciones de Claudia Legnazzi. Buenos Aires, Libros del Quirquincho, 1990. Colección Había una vez.

 

Reelaboración de mitos y relatos tradicionales y folklóricos

Cuentos del sapo. Ilustraciones de Oscar Rojas. Buenos Aires, Centro Editor de América Latina-Ediciones Culturales Argentinas, 1986. Colección Cuentos de mi país. Reeditado en: Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 2000. Colección Cuentamérica. Ilustraciones de Gustavo Deveze.

Serie Cuentos de la Mitología griega 

Serie Historias de la Biblia Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1989. Reeditado en: Buenos Aires, Gramón-Colihue, 1997. Colección La Mar de Cuentos, Serie Menor; Buenos Aires, Página/12, 1997. Compilados en Historias de la Biblia. Buenos Aires, Gramón-Colihue, 1998. Colección La Mar de Cuentos, Serie Mayor.

Cuentos de maravillas. Ilustraciones de Maia Miller. Buenos Aires, Centro Editor de América Latina-Ediciones Culturales Argentinas, 1993. Colección Cuentos de mi país. Reeditado en: Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 2004. Colección Cuentamérica. Ilustraciones de Alberto Pez.

Serie Caballeros de la Mesa Redonda: Toda la serie reeditada en: Buenos Aires, Gramón-Colihue, 1996, colección La Mar de Cuentos, Serie Menor; Buenos Aires, Página/12, 1997. Compilados en Caballeros de la Mesa Redonda. Buenos Aires, Gramón-Colihue, 1998. Colección La Mar de Cuentos, Serie Mayor.

Serie Cuentos de las Mil y Una Noches Ilustraciones de Liliana Menéndez Buenos Aires, Gramón-Colihue y Página/12, 1998; colección La Mar de Cuentos, Serie Mayor. Compilados en Cuentos de las Mil y Una Noches (2 vols.). Buenos Aires, Gramón-Colihue, 1998. Colección La Mar de Cuentos, Serie Mayor.

Serie Más cuentos de la mitología griega Buenos Aires, Odo/Gramón-Colihue-Página/12, 2000. Colección La Mar de Cuentos; Serie Menor. Compilados en Más cuentos de la Mitología Griega. Buenos Aires, Editorial Gramón-Colihue, 2000. Colección La mar de cuentos; Serie Mayor.

Libros de divulgación de conocimientos para niños

Enciclopedia de los Pequeños. Tomos 8, 9, 10 y 11. Ilustraciones de Alicia Charré, Delia Contarbio y Julia Díaz. Buenos Aires, Editorial La Encina, 1980. Reeditada en 1989 como Enciclopedia de los animales argentinos. Tomo 1.

Cosas de chicos 2  y 3, Libro de lectura para primer y segundo grados. En coautoría con Graciela Cabal. Ilustraciones de Elena Torres y Sergio Kern. Buenos Aires, Editorial Kapelusz, 1985.

¿Qué es esto de la democracia? Ilustraciones de Sergio Kern. Buenos Aires, Libros del Quirquincho, 1986. Colección Entender y Participar.

Los derechos de todos. Ilustraciones de Sergio Kern. Buenos Aires, Libros del Quirquincho, 1986. Colección Entender y Participar (entre otros).

Una historia argentina (Para los que quieren saber de qué se trata), 13 tomos. En coautoría con Luis Alberto Romero y Lilia Ana Bertoni. Ilust.: Carlos Schlaen. Buenos Aires, Libros del Quirquincho, 1988. Reeditado por Gramón-Colihue, 1995. En 1997 se publicó en edición popular con el diarioPágina/12, con ilustraciones de Daniel Paz.

El golpe y los chicos. Tapa: Diego Figueira. Fotografías: Mónica Hasenberg. Buenos Aires, Gramón-Colihue, 1996.

 

Artículos y ensayos vinculados con la literatura infantil (entre otros)

El corral de la infancia (Acerca de los grandes, los chicos y las palabras). Buenos Aires, Libros del Quirquincho, 1990. Reeditado en: México, Fondo de Cultura Económica, 2000. Colección Espacios para la Lectura.

La frontera indómita. En torno a la construcción y defensa del espacio poético. México, Fondo de Cultura Económica, 1999. Colección Espacios para la Lectura.

El corral de la infancia (nueva edición). México, Fondo de Cultura Económica, 2001. Colección Espacios para la Lectura.

Literatura Infantil. Creación, censura y resistencia. Ana María Machado y Graciela Montes. Traducción del portugués: Rosa S. Corgatelli. Traducción del francés: Constanza Duhalde. Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 2003. Colección La llave.

Traducciones (entre otras)

Literatura para niños y jóvenes. Guía de exploración de sus grandes temas, de Marc Soriano. Buenos Aires, Ediciones Colihue, 1995.

Cuentos, de Charles Perrault. Ilustraciones de Saúl (Oscar Rojas). Buenos Aires, Gramón-Colihue, 1999. Colección La Mar de Cuentos.

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Acerca de habíaunaveztruz

Me llamo Lorena Udler y vivo en la misma ciudad donde nací, Rosario, Argentina. Soy docente en la escuela primaria pública, trabajé muchos años como maestra de grado y ahora soy directora. Me gusta leer y escribir desde niña. Mi familia me trasmitió el gusto por los libros y las bibliotecas. Cuando empecé a trabajar como maestra, aprendí mucho con mis alumnos y alumnas sobre nuevos textos y otras maneras de crearlos, inventarlos y jugar con ellos. Gracias a los chicxs, en definitiva, mi interés por la literatura aumentó y conocí más autores de la denominada “infantil y juvenil”. Todo esto me entusiasmó y me llevó a estudiar el postítulo de Literatura Infantil de la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario. La divulgación y la generación de espacios de promoción de lectura es uno de los motores principales de mi trabajo y en este blog. También me gusta mucho cantar y, por esa razón, he incursionado en la interpretación de música popular hace unos años. Todas las expresiones del arte embellecen mi vida. El cine y la plástica también son parte de mi pequeño universo. Así como la idea de que esta belleza necesita de justicia e igualdad de acceso para todxs es uno de los nortes de mi estar y mi hacer.

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