La pelota, de Felisberto Hernández

felisbertoEste cuento llegó a mí a través de una antología literaria para adolescentes, en el entusiasmo de buscar nuevos textos y propuestas de lectura. El encuentro con “La pelota” constituyó una sorpresa hermosa, un sacudón con la mejor literatura.  La prosa sencilla, el fulgor que habita en lo cotidiano, la mirada de la infancia, las emociones que operan en el niño y la abuela así como la personificación de la pelota, hacen de este relato un imprescindible para cualquier lector/a.  Leer a Felisberto, original e inclasificable como su nombre, es zambullirse en otro universo cercano al que se accede al trasponer una delgada línea que nos depara maravillas mínimas, humanas.

Luego del cuento, pueden encontrar datos biográficos del autor, enlaces de interés y “Felisberto Hernández, un escritor distinto”, de Italo Calvino.

 

La pelota

de Felisberto Hernández

Cuando yo tenía ocho años pasé una larga temporada con mi abuela en una casita pobre. Una tarde le pedí muchas veces una pelota de varios colores que yo veía a cada momento en el almacén. Al principio mi abuela me dijo que no podía comprármela, y que no la cargoseara; después me amenazó con pegarme; pero al rato y desde la puerta de la casita —pronto para correr— yo le volví a pedir que me comprara la pelota. Pasaron unos instantes y cuando ella se levantó de la máquina donde cosía, yo salí corriendo. Sin embargo ella no me persiguió: empezó a revolver un baúl y a sacar trapos. Cuando me di cuenta que quería hacer una pelota de trapo, me vino mucho fastidio. Jamás esa pelota sería como la del almacén. Mientras ella la forraba y le daba puntadas, me decía que no podía comprar la otra y que no había más remedio que conformarse con ésta. Lo malo era que ella me decía que la de trapo sería más linda; era eso lo que me hacía rabiar. Cuando la estaba terminando, vi como ella la redondeaba, tuve un instante de sorpresa y sin querer hice una sonrisa; pero enseguida me volví a encaprichar. Al tirarla contra el patio el trapo blanco del forro se ensució de tierra; yo la sacudía y la pelota perdía la forma: me daba angustia de verla tan fea; aquello no era una pelota; yo tenía la ilusión de la otra y empecé a rabiar de nuevo. Después de haberle dado las más furiosas “patadas” me encontré con que la pelota hacía mo­vimientos por su cuenta: tomaba direcciones e iba a lugares que no eran los que yo imaginaba; tenía un poco de voluntad propia y parecía un animalito; le venían caprichos que me hacían pensar que ella tampoco tendría ganas de que yo jugara con ella. A veces se achataba y corría con una dificultad ridícula; de pronto parecía que iba a parar, pero después resolvía dar dos o tres vueltas más. En una de las veces que le pegué con todas mis fuerzas, no tomó dirección ninguna y quedó dando vueltas a una velocidad vertiginosa. Quise que eso se repitiera pero no lo conse­guí. Cuando me cansé, se me ocurrió que aquel era un juego muy bobo; casi todo el trabajo lo tenía que hacer yo; pegarle a la pelota era lindo; pero después uno se cansaba de ir a buscarla a cada momento. Entonces la abandoné en la mitad del patio. Después volví a pensar en la del alma­cén y a pedirle a mi abuela que me la comprara. Ella volvió a negármela pero me mandó a comprar dulce de membrillo. (Cuando era día de fiesta o estábamos tristes comíamos dulce de membrillo). En el momento de cruzar el patio para ir al almacén, vi la pelota tan tranquila que me tentó y quise pegarle una “patada” bien en el medio y bien fuerte; para pelotaconse­guirlo tuve que ensayarlo varias veces. Como yo iba al almacén, mi abuela me la quitó y me dijo que me la daría cuando volviera. En el almacén no quise mirar la otra, aunque sentía que ella me miraba a mí con sus colores fuertes. Después que nos comimos el dulce yo empecé de nuevo a desear la pelota que mi abuela me había quitado; pero cuando me la dio y ju­gué de nuevo me aburrí muy pronto. Entonces decidí ponerla en el portón y cuando pasara uno por la calle tirarle un pelotazo. Esperé sentado en­cima de ella. No pasó nadie. Al rato me paré para seguir jugando y al mirarla la encontré más ridícula que nunca; había quedado chata como una torta. Al principio me hizo gracia y me la ponía en la cabeza, la tiraba al suelo para sentir el ruido sordo que hacía al caer contra el piso de tierra y por último la hacía correr de costado como si fuera una rueda.

Cuando me volvió el cansancio y la angustia le fui a decir a mi abuela que aquello no era una pelota, que era una torta y que si ella no me com­praba la del almacén yo me moriría de tristeza. Ella se empezó a reír y a hacer saltar su gran barriga. Entonces yo puse mi cabeza en su abdomen y sin sacarla de allí me senté en una silla que mi abuela me arrimó. La barriga era como una gran pelota caliente que subía y bajaba con la res­piración. después yo me fui quedando dormido.

(1945) 
∗Texto tomado de “Lecturas para estudiantes 1. Leer x leer”. Plan Nacional de Lectura, Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología de la Nación, Buenos Aires, 2004. Extraído por la fuente de “Primeras invenciones”, Arca, Montevideo, 1969
felisberto-hernandez cuento la pelota

Portada de una de sus publicaciones en Uruguay

Felisberto Hernández
(Uruguay, 1902-1964)

Felisberto Hernández nació y vivió en Montevideo. Fue destacado músico y escritor. Su formación fue la de un autodidacta, salvo en lo que se refiere a la música.

Llevó sus conciertos de piano en giras por Uruguay, Argentina y Brasil, no quedan grabaciones de los mismos, pero sí algunas composiciones del autor como ser  “Crepúsculo”, “Primavera” o “Canción de cuna”.

Felisberto_Hernandez

“Por que yo tengo un proceso de amistad con las palabras: primero me hago amigo directo de ellas ; y después quedo muy contento cuando aparecen juntas, que habían simpatizado o se habían atraído en algún lugar de mi alma no vigilado por mí. Y me da una sorpresa encantada al verlas aparecer juntas y sabiendo que se habían hecho amigas” (Carta a Paulina Medeiros. En Paulina Medeiros. Felisberto Hernández y yo. Montevideo, Biblioteca de Marcha, 1974)

En cuanto a la literatura, escribió cuentos y novelas cortas. En 1925 publicó su primer libro, Fulano de Tal. Libro sin Tapas apareció en 1929, La cara de Ana en 1930 y La envenenada en 1931. Su interés por la filosofía, la psicología y el arte, lo llevó a integrar el círculo de amigos al que pertenecían Carlos Vaz Ferreira, Alfredo y Esther Cáceres y Joaquín Torres García, entre otros. Hacia 1940 abandonó definitivamente su carrera de pianista y se dedicó a la literatura. En 1942 publicó Por los tiempos de Clemente Colling y en 1943 El caballo perdido, obteniendo un premio del Ministerio de Instrucción Pública y que marca un nuevo rumbo en su narrativa. En 1946 viajó a París con una beca del gobierno francés. La Editorial Sudamericana publicó, en 1947, Nadie encendía las lámparas. En 1948 regresó a Montevideo. En Escritura apareció por primera vez Las Hortensias en 1949, publicada en 1950 por Editorial Lumen. En 1955 publicó su “manifiesto estético”: Explicación falsa de mis cuentos en la revista La Licorne. Ingresó de taquígrafo en la Imprenta Nacional; él mismo había inventado un sistema taquigráfico en el que copió algunos de sus cuentos y el cual, aún, no ha podido ser descifrado. En 1960 publicó La casa inundada. En 1962 salió la primera edición de El cocodrilo, reeditada en 1963, y póstumamente, en 1964, Tierras de la memoria. Lamentablemente, salvo por el límite que marcan las fechas de publicación, se desconocen las fechas de composición de la mayoría de sus escritos; la incertidumbre es mayor todavía en lo que respecta a los trabajos que dejó inéditos. Hernández escribió, en conjunto, unas cincuenta narraciones, no todas completas. Son, en su mayoría, de corta extensión (las más extensas ocupan entre cincuenta y setenta páginas) y están casi todas contadas en primera persona. Varios de sus relatos son netamente autobiográficos y en otros los detalles personales aparecen mezclados con la fantasía. Solo una media docena de narraciones está escrita en tercera persona. Más allá de su pertenencia cronológica a la Generación del ’30, Hernández aparece como una figura solitaria dentro de la literatura uruguaya. Murió el 13 de enero de 1064.

Fundador de una singular epistemología literaria, este narrador fantástico exploró la subjetividad en busca de extrañas realidades. Considerado un narrador ingenuo, inventó mundos que se perciben desde el extrañamiento del sujeto, en donde personas, animales y cosas interactúan en la misma dimensión vital del misterio y a la vez constituyen una amenaza. Músico-narrador excéntrico que peregrinó con su piano por la provincia uruguaya y argentina, fue descubierto por Cortázar, su más ferviente valedor. Como ocurre con la buena literatura, su importancia se ha revelado con el tiempo, al margen de las modas y del favor de las instituciones.

Felisberto en el sillón

“Yo diré una vez: mis cuentos fueron hechos para ser leídos por mí, como quien le cuenta a alguien algo raro que recién descubre, con lenguaje sencillo de improvisación y hasta con mi natural lenguaje de repeticiones e imperfecciones que me son propias. Y mi problema ha sido: tratar de quitarle lo urgentemente feo, sin quitarle lo que le es más natural; y temo continuamente que mis fealdades sean siempre mi forma más rica de expresión.”

Enlaces de interés donde seguir ampliando la información sobre este notable escritor:

Felisberto Hernández, un escritor distinto

por Italo Calvino

Uruguayo, nacido en Montevideo. Narrador y pianista. Es quizá el exponente más brillante de la literatura fantástica de su país, y a juicio de los criticos comparte con Borges la primacia de ese género en la literatura rioplatense Las aventuras de un pianista paupérrimo, en quien el sentido de lo cómico transfigura el amargor de una vida amasada con derrotas, son el primer apunte del que parten los cuentos del uruguayo Felisberto Hernández (1902-1964). Basta con que se ponga a narrar las pequeñas miserias de una existencia transcurrida entre orquestinas de café en Montevideo y giras de conciertos por pueblitos provincianos del Río de la Plata para que en las páginas se acumulen gags, alucinaciones y metáforas en los que los objetos cobran vida como personas. Pero éste es sólo el punto de partida. Lo que desata la fantasía de Felisberto Hernández son las inesperadas invitaciones que abren al tímido pianista las puertas de misteriosas casas, de quintas solitarias donde moran personajes ricos y excéntricos, mujeres llenas de secretos y neurosis.felisberto
Un chalet apartado, el infalible piano, un caballero dulcemente maníaco o perverso, una doncella visionaria o sonámbula, una matrona que celebra obsesivamente sus infortunios amorosos; diríase que se han reunido aquí los ingredientes del cuento romántico a lo Hoffman. Y ni siquiera falta la muñeca que parece enteramente una jovencita; aún más, en el cuento Las Hortensias hay todo un surtido de muñecas rivales de las mujeres de verdad que un fabricante tentador construye para alimentar las fantasías de un extraño coleccionista y que desencadenan celos conyugales y turbios dramas. Pero cualquier posible referencia a una imaginación nórdica se disuelve al punto en la atmósfera de esas tardes en las que se sorbe lentamente mate sentado en un patio o se está en el café contemplando cómo un ñandú pasa entre las mesas.
Felisberto Hernández es un escritor que no se parece a nadie: a ninguno de los europeos y a ninguno de los latinoamericanos, es un “francotirador” que desafía toda clasificación y todo marco, pero se presenta como inconfundible al abrir sus páginas.

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Acerca de habíaunaveztruz

Me llamo Lorena Udler y vivo en la misma ciudad donde nací, Rosario, Argentina. Soy docente en la escuela primaria pública, trabajé muchos años como maestra de grado y ahora soy directora. Me gusta leer y escribir desde niña. Mi familia me trasmitió el gusto por los libros y las bibliotecas. Cuando empecé a trabajar como maestra, aprendí mucho con mis alumnos y alumnas sobre nuevos textos y otras maneras de crearlos, inventarlos y jugar con ellos. Gracias a los chicxs, en definitiva, mi interés por la literatura aumentó y conocí más autores de la denominada “infantil y juvenil”. Todo esto me entusiasmó y me llevó a estudiar el postítulo de Literatura Infantil de la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario. La divulgación y la generación de espacios de promoción de lectura es uno de los motores principales de mi trabajo y en este blog. También me gusta mucho cantar y, por esa razón, he incursionado en la interpretación de música popular hace unos años. Todas las expresiones del arte embellecen mi vida. El cine y la plástica también son parte de mi pequeño universo. Así como la idea de que esta belleza necesita de justicia e igualdad de acceso para todxs es uno de los nortes de mi estar y mi hacer.

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