Homenaje a Elsa Bornemann. Una escritora que seguirá ocupando mucho espacio.

elsa bornemann

El viernes llegó la noticia triste que conmovió a lectores de todas las edades.  Su fallecimiento implica una despedida y, a la vez, está el sentimiento y la convicción de que su presencia será perdurable  a través de su hermosa y prolífica obra. Gracias, por los textos maravillosos que nos acompañarán siempre. A nosotrxs y a las generaciones que vienen. Porque un elefante ocupa mucho espacio y Elsa, también, en nuestros corazones, en nuestros recuerdos, en nuestras lecturas, en nuestras bibliotecas, en nuestras aulas y escuelas.

A continuación, un enlace hacia un texto biográfico aparecido en Imaginaria y luego, diversos cuentos y poesías que se proponen para su lectura o escucha y están desarrollados más abajo. El mejor homenaje será volver a leerlos y compartirlos.

elsa bornemann el machete

           

(imagen extraída de la página de El Machete Bs. As., vía web)

Elsa Isabel Bornemann en Imaginaria,

revista quincenal sobre literatura infantil y juvenil http://www.imaginaria.com.ar/06/5/bornemann.htm

elefante ocupa mucho espacio

Primera edición, 1976.

En este blog, también la podrán encontrar en otras entradas, con cuentos de “Un elefante ocupa mucho espacio“, libro prohibido durante la última dictadura. Ellos son, “El año verde”“El caso Gaspar” y que lleva el mismo título. También entre los cuentos recomendados, con su versión de “El nabo”.

A continuación:

  • “La vaca caprichosa”, en “El espejo distraído (Versicuentos)”. 1ra. vez edición por Plus Ultra, 1971. Nota: Esta poesía llegó a mis manos por casualidad gracias al libro de lectura inicial, Mensajero 1.A mis alumnxs de primer grado y a mí nos gustaba mucho. Provocaba risas y se generaban lecturas divertidas.
  • “Puentes”, en “El libro de los chicos enamorados”. 1ra. edición por Librerías Fausto, 1977. Este poema hace honor a la literatura sin edad. Un compositor entrerriano le puso música, Luna Monti y Juan Quintero lo cantan y tocan precioso.
  • “Cuello duro”, en “Lisa de los paraguas” (15 cuentos para chicos – chicos), 1ra. edición en Edic. Preescolar, 1986. En mis primeros años de maestra, lo conocí a través de otro libro de lectura, Lectores 3. A lxs chicxs y a mí nos encantó. Lo conté y leí muchas veces. Es de los infalibles.
  • “No existe un día más hermoso que el día de hoy”, en “El niño envuelto”, 1ra. edición por Orión, 1981. En la adolescencia, conocí el libro por la hermanita de mi novio de ese entonces, que me lo prestó. Una novela con variedad de textos en su interior. Éste pasó inmediatamente a la categoría de mis textos “de cabecera”, vigente hasta hoy.
  • “Manos”, en “¡Socorro! Doce cuentos para caerse de miedo”, 1ra. edición por Editorial Rei, 1988. Otro libro que conocí gracias a mis alumnxs. Para armar la biblioteca del aula de 6to. grado, juntábamos fondos por aquí y por allá. Mientras. yo iba curioseando en las librerías lo que me parecía mejor y más lindo. Éste fue de los más populares de ese 1996 entre los préstamos a casa y este cuento, de los preferidos. Al final del año, cuando sorteamos los libros, sin dudas, fue el más codiciado.
  • Mil grullas”, en “No somos irrompibles”, 1ra. edición por Librerías Fausto, 1986. Este cuento aparece  compartido como archivo pdf. Otro texto de profundo humanismo, que trasciende todas las fronteras.

Su obra ha sido reeditada permanentemente. En los últimos tiempos, por editoriales como Alfaguara Argentina y entes estatales, como el Ministerio de Educación de la Nación que la ha incluído en antologías y publicaciones como Libros del Bicentenario y otros del Plan Nacional de Lectura.

“La vaca caprichosa” 

Una vaca, en Yapeyú,
no quería decir “mú”.
-Mi caprichosa Lulú,
¡debes mugir con la u!-
le pedía su mamá…
Contestaba:-Moo, mee…ma…
¡pero no decía mu!

del  “El espejo distraído (Versicuentos)”

“Puentes” 

Yo dibujo puentes
para que me encuentres:

Un puente de tela,
con mis acuarelas…

Un puente colgante,
con tiza brillante…

Puentes de madera,
con lápiz de cera…

Puentes levadizos,
plateados, cobrizos…

Puentes irrompibles,
de piedra, invisibles…

Y Tú…¡Quién creyera!
¡No los ves siquiera!

Hago cien, diez, uno…
¡No cruzas ninguno!

Más… como te quiero…
dibujo y espero.

¡Bellos, bellos puentes
para que me encuentres!

de “El Libro de los Chicos Enamorados”

portada-el-libro-de-los-chicos-enamorados_grande

La musicalización de este poema fue realizada por Gari Di Pietro y es parte del disco “Lila” de Luna Monti y Juan Quintero.

Aquí una versión más cortita

y una poco más extendida en

“Cuello duro” 

— ¡Aaay! ¡No puedo mover el cuello! -gritó de repente la jirafa Caledonia.

Y era cierto: no podía moverlo ni para un costado ni para el otro; ni hacia adelante ni hacia atrás… Su larguísimo cuello parecía almidonado.
Caledonia se puso a llorar. Sus lágrimas cayeron sobre una flor. Sobre la flor estaba sentada una abejita.

jirafa y abeja

— ¡Llueve! -exclamó la abejita. Y miró hacia arriba.

Entonces vio a la jirafa.

— ¿Qué te pasa? ¿Por qué estás llorando? 

— ¡Buaaa! ¡No puedo mover el cuello!

— Quédate tranquila. Iré a buscar a la doctora doña vaca.

Y la abejita salió volando hacia el consultorio de la vaca.

Justo en ese momento, la vaca estaba durmiendo sobre la camilla. Al llegar a su consultorio, la abejita se le paró en la oreja y -Bsss… Bsss… Bsss… —le contó lo que le pasaba a la jirafa.
dra vaca duerme acrilico sobre carton
— ¡Por fin una que se enferma! -dijo la vaca, desperezándose-. Enseguida voy a curarla.

Entonces se puso su delantal y su gorrito blanco y fue a la casa de la jirafa, caminando como sonámbula sobre sus tacos altos.

— Hay que darle masajes —aseguró más tarde, cuando vio a la jirafa—. Pero yo sola no puedo. Necesito ayuda. Su cuello es muy largo.

— Entonces bostezó: -¡Muuuuuuaaa!— y llamó al burrito.

Justo en ese momento, el burrito estaba lavándose los dientes. Sin tragar el agua del buche debido al apuro, se subió en dos patas arriba de la vaca.

— ¡Pero todavía sobraba mucho cuello para masajear!

— Nosotros dos solos no podemos -dijo la vaca.

abeja y burro

Entonces, el burrito hizo gárgaras y así llamó al cordero.

Justo en ese momento, el cordero estaba mascando un chicle de pastito.
Casi ahogado por salir corriendo, se subió en dos patas arriba del burrito.

¡Pero todavía sobraba mucho cuello para masajear!

— Nosotros tres solos no podemos -dijo la vaca.

Entonces, el cordero tosió y así llamó al perro.

Justo en ese momento, el perro estaba saboreando su cuarta copa de sidra.
Bebiéndola rapidito, se subió en dos patas arriba del cordero.

¡Pero todavía sobraba mucho cuello para masajear!

— Nosotros cuatro solos no podemos -dijo la vaca.

Entonces, al perro le dio hipo y así llamó a la gata.

Justo en ese momento, la gata estaba oliendo un perfume de pimienta. Con la nariz llena de cosquillas, se subió en dos patas arriba del perro.

— ¡Pero todavía sobraba mucho cuello para masajear!

— Nosotros cinco solos no podemos -dijo la vaca.

Entonces, la gata estornudó y así llamó a don Conejo.

Justo en ese momento, don conejo estaba jugando a los dados con su coneja y sus conejitos.

Por eso se apareció con la familia entera: su esposa y los veinticuatro hijitos en fila. Y todos ellos se treparon ligerito, saltando de la vaca al burrito, del burrito al cordero, del cordero al perro y del perro a la gata. Después, don Conejo se acomodó en dos patas arriba de la gata.

Y sobre don conejo se acomodó su señora, y más arriba también -uno encima del otro- los veinticuatro conejitos.

— ¡Ahora sí que podemos empezar con los masajes! -gritó la vaca-. ¿Están listos muchachos?

— ¡Sí, doctora! -contestaron los treinta animalitos al mismo tiempo.

— ¡A la una… a las dos… y a las tres!

Y todos juntos comenzaron a masajear el cuello de la jirafa Caledonia al compás de una zamba, porque la vaca dijo que la música también era un buen remedio para curar dolores.

Y así fue como -al rato- la jirafa pudo mover su larguísimo cuello otra vez.

— ¡Gracias, amigos! -les dijo contenta-. Ya pueden bajarse todos.

Pero, no señor. Ninguno se movió de su lugar. Les gustaba mucho ser equilibristas. Y entonces -tal como estaban, uno encima del otro- la vaca los fue llevando a cada uno a su casa.

jirafa y todos los amigos

Claro que los primeros que tuvieron que bajarse fueron los conejitos, para que los demás no perdieran el equilibrio…

Después se bajó la gata; más adelante el perro; luego el cordero y por último el burro.

Y la doctora vaca volvió a su consultorio, caminando muy oronda sobre sus tacos altos. Pero ni bien llegó, se quitó los zapatos, el delantal y el gorrito blanco y se echó a dormir sobre la camilla. ¡Estaba cansadísima!

En: “Lisa de los paraguas” (15 cuentos para chicos – chicos) – Serie morada: A partir de 8 años

La imagen fue extraída de http://cirdiilustraciones.blogspot.com.ar
“NO EXISTE UN DÍA MÁS HERMOSO QUE EL DÍA DE HOY”


La suma de muchísimos ayeres forma mi pasado.Mi pasado se compone de recuerdos alegres… tristes…
Algunos están fotografiados y ahora son cartulinas donde me veo pequeño,donde mis padres si
guen siendo recién casados, donde mi ciudad parece otra.
El día de ayer pudo haber sido un hermoso día…Pero no puedo avanzar mirando constantemente hacia atrás.Corro el riesgo de no ver los rostros de los que marchan a mi lado.
Acaso el día de mañana amanezca aún más hermoso…Pero no puedo avanzar mirando sólo el horizonte. Corro el riesgo de no ver el paisaje que se abre a mi alrededor.
Por eso, yo prefiero el día de hoy. Me gusta pisarlo con fuerza, gozar su sol o estremecerme con su frío, sentir cómo cada instante me dice: ¡Presente!
Sé que es muy breve, que pronto pasará, que no voy a poder modificarlo luego ni pasarlo en limpio… 
Como tampoco puedo planificar demasiado el día de mañana: es un lugar que todavía no existe.
Ayer, fui. Mañana, seré. Hoy, soy.
Por eso,
hoy te digo que te quiero…
hoy te escucho…
hoy te pido disculpas por mis errores…
hoy te ayudo…
hoy comparto lo que tengo…
hoy me separo de ti sin guardarme ninguna palabra para mañana…
Porque hoy respiro, transpiro, veo, pienso, oigo, sufro, huelo, lloro, trabajo,toco, río, amo…
Hoy.Hoy estoy vivo.Como tú.

  en “El niño envuelto”
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“Manos” 
Montones de veces —y a mi pedido— mi inolvidable tío Tomás me contó esta historia “de miedo” cuando yo era chica y lo acompañaba a pescar ciertas noches de verano.
Me aseguraba que había sucedido en un pueblo de la provincia de Buenos Aires. En Pergamino o Junín o Santa Lucía… No recuerdo con exactitud este dato ni la fecha cuando ocurrió tal acontecimiento y —lamentablemente— hace años que él ya no está para aclararme las dudas. Lo que sí recuerdo es que —de entre todos los que el tío solía narrarme mientras sostenía la caña sobre el río y yo me echaba a su lado, cara a las estrellas— este relato era uno de mis preferidos.
—¡Te pone los pelos de punta y —sin embargo— encantada de escucharlo! ¿Quién entiende a esta sobrina? —me decía el tío—. Ah, pero después no quiero quejas de tu mamá, ¿eh? Te lo cuento otra vez a cambio de tu promesa…
Y entonces yo volvía a prometerle que guardaría el secreto, que mi madre no iba a enterarse de que él había vuelto a narrármelo, que iba a aguantarme sin llamarla si no podía dormir más tarde cuando —de regreso a casa— me fuera a la cama y a la soledad de mi cuarto.
Siempre cumplí con mis promesas. Por eso, esta historia de manos —como tantas otras que sospecho eran inventadas por el tío o recordadas desde su propia infancia— me fue contada una y otra vez.
socorro elsa b
Y una y otra vez la conté yo misma —años después— a mis propios “sobrinhijos” así como —ahora— me dispongo a contártela: como si —también— fueras mi sobrina o mi sobrino, mi hija o mi hijo y me pidieras:
—¡Dale, tía; dale, mami, un cuento “de miedo”!
Y bien. Aquí va:Martina, Camila y Oriana eran amigas amiguísimas.
No sólo concurrían a la misma escuela sino que —también— se encontraban fuera de los horarios de las clases. Unas veces, para preparar tareas escolares y otras, simplemente para estar juntas.
De otoño a primavera, las tres solían pasar algunos fines de semana en la casa de campo que la familia de Martina tenía en las afueras de la ciudad.
¡Cómo se divertían entonces! Tantos juegos al aire libre, paseos en bicicleta, cabalgatas, fogones al anochecer…
Aquel sábado de pleno invierno —por ejemplo—lo habían disfrutado por completo, y la alegría de las tres nenas se prolongaba —aún— durante la cena en el comedor de la casa de campo porque la abuela Odila les reservaba una sorpresa: antes de ir a dormir les iba a enseñar unos pasos de zapateo americano, al compás de viejos discos que había traído especialmente para esa ocasión.

Adorable la abuela de Martina. No aparentaba la edad que tenía. Siempre dinámica, coqueta, de buen humor, conversadora. Había sido una excelente bailarina de “tap”. Las chicas lo sabían y por eso le habían insistido para que bailara con ellas. —¿Por qué no lo dejan para mañana a la tardecita, ¿eh? Ya es hora de ir a descansar. Además, la abuela no paró un minuto en todo el día. Debe de estar agotada. La mamá de Martina trató —en vano— de convencerlas para que se fueran a dormir a las cuatro y no sólo a las niñas, porque la abuela tampoco estaba dispuesta a concluir aquella jornada sin la anunciada sesión de baile. Así fue como —al rato y mientras los padres, los perros y la gata se ubicaban en la sala de estar a manera de público— la abuela y las tres nenas se preparaban para la función casera de zapateo americano. Afuera, el viento parecía querer sumarse con su propia melodía: silbaba con intensidad entre los árboles. Arriba —bien arriba— el cielo, con las estrellas escondidas tras espesos nubarrones. La improvisada clase de baile se prolongó cerca de una hora. El tiempo suficiente como para que Martina, Camila y Oriana aprendieran —entre risas— algunos pasos de “tap” y la abuela se quedara exhausta y muy acalorada. Pronto, todos se retiraron a sus cuartos. Alrededor de la casa, la noche, tan negra como el sombrero de copa que habían usado para la función. Las tres nenas ya se habían acostado. Ocupaban el cuarto de huéspedes, como en cada oportunidad que pasaban en esa casa. Era un dormitorio amplio, ubicado en el primer piso. Tenía ventanas que se abrían sobre el parque trasero del edificio y a través de las cuales solía filtrarse el resplandor de la luna (aunque no en noches como aquella, claro, en la que la oscuridad era un enorme poncho cubriéndolo todo). En el cuarto había tres camas de una plaza, colocadas en forma paralela, en hilera y separadas por sólidas mesas de luz. En la cama de la izquierda, Martina, porque prefería el lugar junto a la puerta. En la cama de la derecha, Camila, porque le gustaba el sitio al lado de la ventana. En la cama del medio, Oriana, porque era miedosa y decía que así se sentía protegida por sus amigas. Las chicas acababan de dormirse cuando las despertó —de repente— la voz del padre. Terminaba de vestirse —nuevamente y de prisa— a la par que les decía: —La abuela se descompuso. Nada grave —creemos—, pero vamos a llevarla hasta el hospital del pueblo para que la revisen, así nos quedamos tranquilos. Enseguida volvemos. Ah, dice mamá que no vayan a levantarse, que traten de dormir hasta que regresemos. Hasta luego. ¿Dormir? ¿Quién podía dormir después de esa mala noticia? Las chicas no, al menos, preocupadas como se quedaban por la salud de la querida abuela. Y menos pudieron dormir minutos después de que oyeron el ruido del auto del padre, saliendo de la casa, ya que a la angustia de la espera se agregó el miedo por los tremendos ruidos de la tormenta que —finalmente— había decidido desmelenarse sobre la noche.

socorro elsa bornemann

Truenos y rayos que conmovían el corazón. Relámpagos, como gigantescas y electrizadas luciérnagas. El viento, volcándose como pocas veces antes. —¡Tengo miedo! ¡Tengo miedo! —gritó Oriana, de repente. Las otras dos también lo tenían pero permanecían calladas, tragándose la inquietud. Martina trató de calmar a su amiguita (y de calmarse, por qué negarlo) encendiendo su velador. Camila hizo lo mismo. La cama de Oriana fue —entonces— la más iluminada de las tres ya que —al estar en el medio de las otras— recibía la luz directa de dos veladores. —No pasa nada. La tormenta empeora la situación, eso es todo —decía Martina, dándose ánimo ella también con sus propios argumentos. —Enseguida van a volver con la abuela. Seguro —opinaba Camila. Y así —entre las lamentaciones de Oriana y las palabras de consuelo de las amigas más corajudas— transcurrió alrededor de un cuarto de hora en todos los relojes. Cuando el de la sala —grande y de péndulo— marcó las doce con sus ahuecados talanes, las jovencitas ya habían logrado tranquilizarse bastante, a pesar de que la tormenta amenazaba con tornarse inacabable. Las luces se apagaron de golpe. —¡No me hagan bromas pesadas! —chilló Oriana—¡Enciendan los veladores otra vez, malditas! —y asustada, ella misma tanteó sobre las mesitas para encontrar las perillas. Sólo encontró las manos de sus amigas, haciendo lo propio. —¡Yo no apagué nada, boba! —protestó Camila. —¡Se habrá cortado la luz! —supuso Martina. Y así era nomás. Demasiada electricidad haciendo travesuras en el cielo y nada allí —en la casa— donde tanto se la necesitaba en esos momentos… Oriana se echó a llorar, desconsolada. —¡Tengo miedo! ¡Hay que ir a buscar las velas a la cocina! ¡Hay que bajar a buscar fósforos y velas! ¡O una linterna! —”¡Hay que!” “¡Hay que!” ¡Qué viva la señorita! ¿Y quién baja, ¿eh? ¿Quién?—se enojó Camila—. Yo, ¡ni loca! —¡Yo tampoco! —agregó Martina—. Esta Oriana se cree que soy la Superniña, pero no. Yo también tengo miedo, ¡qué tanto! Además, mi mamá nos recomendó que no nos levantáramos, ¿recuerdan? Oriana lloraba con la cabeza oculta debajo de la almohada. —Buaaaah… ¿Qué hacemos entonces? ¡Me muero de miedo! Por favor, bajen a buscar velas… Sean buenitas… Buaaah… Martina sintió pena por su amiga. Si bien eran de la misma edad, Oriana parecía más chiquita y se comportaba como tal. Se compadeció y actuó —entonces— cual si fuera una hermana mayor. —Bueno, bueno; no llores más, Ori. Tranquila… Se me ocurrió una idea. Vamos a hacer una cosa para no tener más miedo, ¿sí? —¿Q–ué..? —balbuceó Oriana. —¿Qué cosa? —Camila también se mostró interesada, lógico (aunque seguía sin quejarse, el temor la hacía temblar). Martina continuó con su explicación: —Nos tapamos bien —cada una en su cama— y estiramos los brazos, bien estirados hacia afuera, hasta darnos las manos. Enseguida, lo hicieron. Obviamente, Oriana fue la que se sintió más amparada: al estar en el medio de sus dos amigas y abrir los brazos en cruz, pudo sentir un apretoncito en ambas manos. —¡Qué suertuda Ori!, ¿eh? —bromeó Camila. —Desde tu cama se recibe compañía de los dos lados… —En cambio, nosotras… —completó Martina— sólo con una mano… Y así —de manos fuertemente entrelazadas— las tres niñas lograron vencer buena parte de sus miedos. Al rato, todas dormían. Afuera, la tormenta empezaba a despedirse. Gracias a Dios, la abuela ya se siente bien —les contó la madre al amanecer del día siguiente, en cuanto retornaron a la casa con su marido y su suegra y dispararon al primer piso para ver cómo estaban las chicas—. Fue sólo un susto. Como —a su regreso— las niñas dormían plácidamente, la abuela misma había sido la encargada de despertarlas para avisarles que todo estaba en orden. ¡Qué alegría! —Así me gusta. ¡Son muy valientes! Las felicito —y la abuela las besó y les prometió servirles el desayuno en la cama, para mimarlas un poco, des¬pués de la noche de nervios que habían pasado. —No tan valientes, señora… Al menos, yo no… —susurró Oriana, algo avergonzada por su comportamiento de la víspera—. Fue su nieta la que consiguió que nos calmáramos… Tras esta confesión de la nena, padres y abuela quisieron saber qué habían hecho para no asustarse demasiado. Entonces, las tres amiguitas les contaron: —Nos tapamos bien, cada una en su cama como ahora… —Estirarnos los brazos así, como ahora… —Nos dimos las manos con fuerza, así, como ahora… ¡Qué impresión les causó lo que comprobaron en ese instante, María Santísima! Y de la misma no se libraron ni los padres ni la abuela. Resulta que por más que se esforzaron —estirando los brazos a más no poder— sus manos infantiles no llegaban a rozarse siquiera. ¡Y había que correr las camas laterales unos diez centímetros hacia la del medio para que las chicas pudieran tocarse —apenas— las puntas de los dedos! Sin embargo, las tres habían —realmente— sentido que sus manos les eran estrechadas por otras, no bien llevaron a la acción la propuesta de Mar¬tina. —¿Las manos de quién??? —exclamaron entonces, mientras los adultos trataban de disimular sus propios sentimientos de horror. —¿De quiénes??? —corrigió Oriana, con una mueca de espanto. ¡Ella había sido tomada de ambas manos! Manos. Cuatro manos más aparte de las seis de las niñas, moviéndose en la oscuridad de aquella noche al encuentro de otras, en busca de aferrarse entre sí. Manos humanas. Manos espectrales.(Acaso, a veces, de tanto en tanto— los fantasmas también tengan miedo… y nos necesiten…)

en “¡Socorro! Doce cuentos para caerse de miedo”
“Mil grullas” 
libro_las grullas
Mil grullas2
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Acerca de habíaunaveztruz

Me llamo Lorena Udler y vivo en la misma ciudad donde nací, Rosario, Argentina. Soy docente en la escuela primaria pública, trabajé muchos años como maestra de grado y ahora soy directora. Me gusta leer y escribir desde niña. Mi familia me trasmitió el gusto por los libros y las bibliotecas. Cuando empecé a trabajar como maestra, aprendí mucho con mis alumnos y alumnas sobre nuevos textos y otras maneras de crearlos, inventarlos y jugar con ellos. Gracias a los chicxs, en definitiva, mi interés por la literatura aumentó y conocí más autores de la denominada “infantil y juvenil”. Todo esto me entusiasmó y me llevó a estudiar el postítulo de Literatura Infantil de la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario. La divulgación y la generación de espacios de promoción de lectura es uno de los motores principales de mi trabajo y en este blog. También me gusta mucho cantar y, por esa razón, he incursionado en la interpretación de música popular hace unos años. Todas las expresiones del arte embellecen mi vida. El cine y la plástica también son parte de mi pequeño universo. Así como la idea de que esta belleza necesita de justicia e igualdad de acceso para todxs es uno de los nortes de mi estar y mi hacer.

  1. María Guastalli

    .Porque detrás de muchos retablos y telones seguirán apareciendo jirafas de cuello duro llamadas Caledonia,corderos masticando chicles de pastito, burros lavándose los dientes, gatitas revolviendo pimienta(achís) , perros tomando la cuarta copa de sidra.(hip!!) ,conejo jugando a los naipes y doctoras vacas con tacos y lentes… y sí ….nos seguiremos riendo a carcajadas con los chicos y los grandes… A ponernos trajes de Elefantes llamado Victor y un avión de cartón sólo para el;ó preparando un baldío para las fechorías del COMESOL, y tantos otros personajes de tu Extraordinaria imaginación y creatividad en los que querida Elsa Borneman siempre estarás…;

  2. Hermoso texto, María! Gracias por compartirlo

  3. Monica Rateni

    Que lindo homenaje, pensar que me emocione con Mil grullas a los 12 y ahora con Natu, que lo escuche a el recitando la Vaca caprichosa, y que juntos leimos y comentamos mas de una vez Un elefante ocupa mucho espacio.

  4. Preciosos recuerdos y experiencias las que contás, Mónica. Seguramente, Elsa perdura a través de su obra con todas las vivencias y emociones que vamos teniendo distintas generaciones de lectores…Y eso es una maravilla!

  5. carla

    La amo y la extraño.abrazos§s donde estes. CARLA

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